Nadie sabe del todo quién organizó esta despedida, pero todos saben las canciones que canta el hombre del falsete, que sale por los parlantes y está en las remeras y en los corazones de los que se van amuchando para decir adiós.
El Indio Solari ha muerto y acá, en el corazón cívico de Argentina y en la ciudad en la que el frontman redondo tocó por última vez en el año 2000, nadie espera ningún anuncio formal para empezar a despedirse. Hay llanto, pogo, fernet, abrazos y en el aire suenan algunos de los versos más inolvidables de la música de este país. Sobre el piso de la Plaza, un artista dibuja con tiza a Solari y escribe una de esas líneas: “Donde hay dolor, habrá canciones”.
Byron y Augusto se tomaron un colectivo, el tren y el subte. Tienen 15 años y aprendieron las letras de Los Redondos porque, antes de ser la banda sonora de sus vidas, fueron las de sus mamás y papás. Augusto faltó a la escuela sin avisar y tal vez su mamá se enoje, pero sabe que su papá -“ricotero a morir”, dice- saldrá en su defensa.
“Nunca escuché letras como las del Indio. Escucho mucha música de ahora y me gusta, pero no hay como él”, dice Byron, sentado junto a Augusto en un pilote de cemento de la Plaza de Mayo.
Cerca de la Pirámide, cuatro parejas de jubiladas bailan “Mi perro dinamita” mientras suena por los parlantes y cientos de personas la cantan. Ninguna de ellas se lo propuso, pero están dando una clase magistral de rocanrol. “A mí, los Redondos me gustan desde que soy piba. Me los mostró mi hermano mayor y yo se los pasé a mis amigas en su momento, y después a mis tres hijos y a mis nietos”, dice Susana, una de las rocanroleras. Vive en Núñez y es arquitecta.
Seguidores de todas las edades se juntaron para homenajear a su ídolo.
Facundo llora y estira una remera como para que la vean los demás dolientes de esta tarde que se parece a una fiesta y se parece al dolor. La remera tiene una foto de Miriam, su mamá, que sonríe y tiene un brazo amoratado. Dice “Pensando en vos siempre”, un verso made in Solari, y tiene, chiquito, el logo de Patricio Rey.
“Mi hijo me pidió hacer la remera cuando tenía ocho años y mi mamá se había muerto. La quería para ponérsela debajo de la camiseta de su club y que se viera cuando festejara un gol. Ese año salieron bicampeones”, cuenta Facundo, y se seca las lágrimas con el puño del buzo.
Dice: “Vine de Varela. Llorando y escuchando sus canciones, que son mi vida”. Es operario en el puerto, en Retiro, pero está de vacaciones.
Remeras, banderas y tatuajes destacaron la figura del mítico Indio Solari.
No hay ninguna pantalla para mirar. Nadie va a hacer un anuncio ni a decir unas palabras alusivas. Hay una sola cosa por hacer en medio de la tristeza y la conmoción: seguir cantando.

