50 años del casete: medio siglo en cinta

Hubo un período anterior a este reinado de la música fantasmal que existe en Spotify o en YouTube. Muchos jóvenes de hoy quizá no lo tengan presente, pero esa era estaba asociada fundamentalmente con el acopio y el almacenamiento en pequeñas cintas, con rebobinar esas cintas usando una lapicera Bic, con fabricar nuestros propios compilados de acuerdo al estado de ánimo y con entrar a los bares munidos de unos estéreos para el auto que tenían el tamaño de una caja de zapatos.

En esa época, las canciones no eran piezas sueltas que uno seleccionaba a voluntad desde las bibliotecas virtuales de una plataforma para reproducir cuando se nos antojara.

No, las canciones eran tesoros que uno rastreaba en el dial de las radios y que, con alma de cazador furtivo, conseguía grabar al voleo, casi siempre marcadas al comienzo por la voz del locutor. Los casetes eran el registro de nuestra historia de vida, el reflejo de nuestros sentimientos, la marca indeleble de cada uno de los veranos que iba archivándose con rótulos de “Enganchados” o “Lentos” conforme pasaba el tiempo.

Los más jóvenes pueden indagar sobre este fenómeno preguntándole a sus padres: nunca otro soporte tuvo tanta carga sentimental. Pero para más precisión se puede decir que el casete nació hace medio siglo (un 1º de mayo) en laboratorios de Francia, y vio la luz como la tecnología de avanzada en materia sonora: una cinta magnética montada en dos rollos de plástico encerrados en una pequeña caja compacta de tamaño pequeño que dieron en llamar –en un arrebato de simpleza– “cajita” (“cassette”, en francés) y que pronto se comercializó en todo el mundo por las bondades que ofrecía a los usuarios.

Otros tiempos

El casete llegó para instalarse con la fuerza de los inventos que simplifican la vida de las personas, y no tardó en reemplazar con celeridad las prácticas asociadas al consumo y reproducción de sonidos en todos los ámbitos. Lo abrazaron con pasión los músicos, los hombres de radio y los melómanos, por sus prestaciones.

Hablamos de un tiempo en el que el consumo de la música no estaba reñido con la potencia de una señal de Wi-Fi. Eran épocas incluso previas a la invención del formato digital de compresión mp3 y a la revolución de Napster para descargar vía web nuestras melodías desencadenadas. Aún más: el casete nació antes que el CD, aquel objeto de fidelidad absoluta que tenía gran capacidad de almacenamiento y que ya hoy parece obsoleto.

El casete se hizo tan masivo en la década de 1980 que uno podía conseguirlo en todas las disquerías, puesto que estaba estandarizado como soporte para comercializar y editar desde la música de las bandas más reconocidas, pasando por los trabajos de los solistas más ignotos, y hasta los trabajos de los humoristas de frontera que vendían compilados de sus chistes en las estaciones de servicio de parajes remotos a precios por lo general bastante accesibles.

Pero había algunos rasgos distintivos que hicieron de la cinta todo un clásico. Y esta es la parte en la que hay que desempolvar la memoria emotiva para recordar.

Identikit de un clásico

La era del reinado del casete fue un tiempo revolucionario para quienes, hasta el momento de la irrupción de la cinta, sólo se habían manejado con los discos de vinilo (o cuando mucho con las cintas de magazine). El casete parecía que acabaría poniendo el mundo patas arriba. Incluso el mundo de la informática, que en ese momento daba sus primeros pasos con patas de píxeles trémulos, echó mano de esta tecnología de avanzada incorporando sus bondades en las primeras computadoras Commodore que se valían de los casetes para interpretar ciertos comandos. Pero también la cinta hizo nido en diferentes profesiones (el periodismo, la radiofonía, por nombrar algunas), y hasta tuvo un digno desembarco en los hogares, donde se instaló cómodamente en teléfonos residenciales para dar cuenta de los mensajes que el usuario no podía tomar.

El casete hizo cumbre, sin dudas, cuando conquistó el tiempo ocioso de las personas, convirtiéndose en una compañía ideal para caminatas y momentos de reflexión fuera de casa (ver La invención de la soledad), instalándose de manera definitiva en el imaginario popular (y en las bateas de las disquerías, por supuesto) como un elemento asociado de manera indisoluble con el placer por los sonidos. El avance de la tecnología no tardaría en brindarle otras virtudes, como la cinta de cromo, y así fue ganando calidad para cumplir con las exigencias del mercado y del público.

Llegaría todavía un momento más impactante para el usuario cuando entrara en escena la “doble casetera”, lo que le brindaría al consumidor la sensación de plenitud casi absoluta. Este equipo era, básicamente, un reproductor con lugar para ubicar dos casetes al mismo tiempo, brindándole la chance de hacer correr en Play y en Rec (reproducir y grabar) dos casetes en simultáneo. Eso, además de simplificar la tarea de multiplicar las copias de las canciones favoritas, ayudó también a emancipar a los melómanos de las disquerías, a las cuales se solía recurrir a pedir compilados de canciones con los hits del momento, que se cobraban a discreción con tarifas variadas. Todo el secreto radicaba en saber que, si se tapaban con cinta los huecos que venían abiertos en la parte superior, se podía convertir a cualquier casete en virgen o “regrabable”.

Viejas costumbres

Aunque pareció sucumbir y retirarse herido de muerte ante la aparición del CD, hoy, a medio siglo de su creación, el casete todavía está entre nosotros. Son muchos los hogares donde los nostálgicos se aferran a sus viejos compilados en los que está presente una buena parte de su historia puesta a descansar en metros y metros de canciones. Y no importa que cada vez sean menos la cantidad de equipos preparados para reproducir esas reliquias, ni tampoco que aún corramos el riesgo de que un equipo “nos coma” la cinta.

Los ojitos huecos de pestañas plásticas parecen mirarnos toda vez que abrimos esas cajas donde, con nuestra propia letra, todavía persisten esas listas de canciones inolvidables. Esa magia no se consigue con ninguna plataforma, con ninguna lista de YouTube, con ningún CD, que al final de cuentas, siempre termina rayado. En medio siglo inventaron el copiado rápido, la detección de silencios entre canción y canción y la reproducción continuada entre una y otra casetera. El soporte es tan rígido que no admite más evoluciones. Y sin embargo…

La Voz del Interior 
Compartir