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El motoarrebatador: crítica de Diego Brodersen

Cine La apuesta de la primera película en solitario de Agustín Toscano es arriesgada por donde se la mire. Su escenario y lenguaje son decididamente locales: Toscano es tucumano, director de teatro y dramaturgo, también tucumanos los personajes de su película y los actores. Por eso se llama El motoarrebatador y no “el motochorro”, un término que no se usa en la provincia.

Seleccionada para la Quincena de Realizadores de Cannes, El motoarrebatador empieza con un robo típico pero pronto se aleja del drama realista con mirada social para adentrarse en territorios desconocidos que, por momentos, se abren desembozadamente hacia la comedia e incluso hacia el western, con las motos reemplazando a los caballos. Pero lo más arriesgado es la relación entre víctima y victimario después del robo: esa extraña intimidad que consiguen, un vínculo insólito y posible.

“La prensa tucumana los llama así desde hace mucho tiempo: motoarrebatadores”, aclara el realizador Agustín Toscano de entrada, como para disipar cualquier duda y seguir adelante con cuestiones más relevantes. “Y se me cumplió el sueño de ponerle ese título a la película, porque hubo muchos intentos, de mucha gente, de que lo cambiara por otro más canchero, más de moda: ‘El motochorro’. Pero en mi provincia ese término se pronuncia ‘choro’, con una sola ‘r’. Así que eso implicaba otro problema”. Más allá de las discusiones y diferencias lingüísticas, lo cierto es que ambos términos remiten a una misma figura, que no necesita de mayores introducciones. El afiche promocional del primer largometraje en solitario de Toscano (antes había codirigido Los dueños junto a Ezequiel Radusky, siempre en su provincia natal, Tucumán) tampoco deja lugar a dudas: la silueta frontal de un vehículo de dos ruedas y cilindrada media, los rostros del conductor y su acompañante completamente ocultos tras los cascos reglamentarios, una imagen que junto al título en letra imprenta logra transmitir inquietud, incluso algo de miedo. Con un planteo visual semejante, realista y ominoso, comienza El motoarrebatador, que acaba de presentarse en la Quincena de los Realizadores del Festival de Cannes y tendrá su estreno comercial en Argentina dentro de algunos días, el jueves 7 de junio: dos jóvenes sentados sobre una motocicleta encendida, una tensa quietud que anticipa el movimiento febril, que llegará luego de los títulos de apertura. Una mujer que entra a un cajero automático para extraer algo de dinero, el vehículo que arranca a toda velocidad, el manoteo de la cartera, la mano firmemente agarrada a aquello que se sabe imprescindible y un terrible remolque humano de varios metros sobre la despareja vereda, que luego será descripto como “accidente” por uno de los protagonistas de la historia, haciéndole los honores a la etimología de la palabra y faltándole completamente el respeto al uso cotidiano del término. ¿Cómo continúa una película que comienza con un robo violento y luego sigue a uno de los victimarios en lo que parece el comienzo de algo parecido al arrepentimiento? O, al menos, un atisbo de culpabilidad, de respeto humano tardío, que determina un intento por arreglar aquello que se rompió. ¿Y quién es esa mujer que ha perdido la memoria, que no recuerda ni siquiera su propio nombre, mucho menos a las personas que provocaron el estado en el que se encuentra, esa mujer que ha comenzado a recibir las visitas de un hombre al cual no logra reconstruir en su cabeza?

“El origen puntual de la trama es una historia familiar, algo que escuché muchas veces porque le pasó a mi vieja”, afirma Toscano, “pero esa anécdota nunca podría haber derivado en un guion por sí misma. El otro elemento también es personal y tiene que ver con el hecho de que viví solo, muchos años, en una casa que había sido de mi abuela, y la sensación era la de estar usando pedazos de esa casa, como si fuera alguien excluido del lugar. Una casa de la cual, sin embargo, era el dueño. A propósito, es esa misma casa real la que puede verse en la película”. Miguel se acerca al hospital donde se recupera Elena, su víctima, una mujer que debe haber pasado hace poco los sesenta años. Un día se anima a preguntar por el número de la habitación, camina lentamente, se asoma. Más tarde regresa, se presenta como alguien que no es realmente, intenta darse a conocer sin demasiado éxito: Elena no logra recordarlo. Miguel está a un paso de adoptar una nueva identidad, de ayudar a esa señora a cuidar su casa y a ella misma, quizás a reparar un poco del daño causado. “El arrebato del principio termina siendo una de las situaciones fuertes de la película, pero lo más importante es la relación posterior entre víctima y victimario, cómo se va torciendo lentamente hasta llegar casi a invertirse, y como en el medio hay una suerte de cariño que roza casi lo matrimonial. Para mí eso es mucho más interesante que el aspecto anecdótico del asalto”. Efectivamente, El motoarrebatador se aleja velozmente de lo que podría haber sido un drama realista con una mirada social coyuntural, para adentrarse en territorios desconocidos que, por momentos, se abren desembozadamente hacia la comedia. Oscura, negra, oculta por una gruesa capa de naturalismo falso, por momentos rozando el grotesco, pero comedia al fin. “Yo lo veo así, incluso me parece que tiene algo de vodevil, de conventillo, de relato gauchesco. Aunque suene extraño me gusta pensar que también hay algo de western sobrevolando la historia. Siempre quise que la moto fuera un personaje –de alguna manera, reemplazando al caballo– y que existiera una situación de duelo entre los dos ladrones. Nunca me aferro a la idea de género para escribir una historia y por eso tampoco diría que la película es una comedia en un sentido estricto. Traté de tensar la cuerda: que lo muy dramático cause gracia y que lo gracioso pueda llegar a dar pena”. Mientras tanto, en los televisores encendidos, los noticieros no pueden dejar de mostrar imágenes de una serie de saqueos en el centro de la ciudad, que para el espectador tucumano remiten de inmediato a los disturbios de diciembre de 2013, cuando la policía de la provincia se auto acuarteló y la sensación de anarquía total caló hondo en los habitantes.

Cuestiones de clase

Agustín Toscano y su socio creativo Ezequiel Radusky estudiaron teatro en Tucumán e iniciaron una carrera como dramaturgos y directores de puesta que incluye no menos de cinco obras propias estrenadas. De pronto, el salto al cine en el año 2013 con Los dueños los tuvo como invitados en el Festival de Cannes. En aquella película, protagonizada por Rosario Bléfari y Germán de Silva, el roce de clases sociales se ponía en posición de choque cuando los empleados de una casa familiar ocupaban todas las habitaciones durante la ausencia de los patrones –un poco como los “pobres de espíritu” de Viridiana– y la llegada de una familiar directa de los dueños los enfrentaba a una situación inusitada. En El motoarrebatador, los protagonistas forman parte de una misma clase y a Toscano no le disgusta la aplicación de un término que, con el correr de las décadas, ha derivado hacia una marca de estigma: lumpemproletariado. “Al escribir una historia siempre pienso y tengo en cuenta de dónde surgen los personajes, cuáles han sido sus dificultades, de qué clase provienen. En este caso, siempre tuvimos en cuenta que tanto Miguel como Elena vienen del mismo ámbito y descartamos la hipótesis de Los dueños, donde dos clases sociales muy diferenciadas se venían igualando: los que estaban en decadencia total y los que estaban en la cima de lo que podían lograr; una zona gris en la cual, por momentos, se equiparaban y en otros se diferenciaban. En este caso los dos son similares, al punto de que ella podría ser la madre del tipo, o una tía o una vecina del mismo campo. De hecho, hay un detalle que quiero destacar, porque imagino que al espectador que no es de Tucumán se le va a escapar. En un momento ella habla con otro personaje y dice ‘yo soy de Choromoro’ y el otro responde que es de ahí cerca. Es algo subliminal y no relevante, pero ambos vienen del campo y no de una villa, y han llegado a la ciudad por razones diversas, apartándose de sus familias. Nada quita que Miguel haya conocido antes a esa mujer a la que ha robado. Y ambos cumplen ahora tareas muy específicas: Miguel es el que maneja la moto durante los robos y Elena es una empleada doméstica que ya no quiere serlo. De alguna manera el encuentro entre ambos genera una suerte de espejo en el cual se ven reflejados”. Hay otros personajes, desde luego: una médica rubia y de ojos claros que atiende a la paciente y, lentamente, comienza a involucrarse en la relación que ésta mantiene con el extraño de pelo corto y parcialmente teñido; también una vecina que, de un día para el otro, descubre asombrada que un hombre desconocido cuelga la ropa en el patio de Elena, ayudado por su pequeño hijo.

Ya instalados en esa típica casa de barrio de la capital tucumana, Miguel y Elena terminan conformando una extraña pareja: el hombre que ha hecho de ese lugar extranjero su nuevo ámbito cotidiano y la mujer que no logra recordarlo como su lugar en el mundo. La convivencia también es insólita. Por momentos la convaleciente y su bondadoso asistente se transforman en otra cosa: una tía y su sobrino, una madre y su hijo adoptivo, un matrimonio de años con sus costumbres férreamente afincadas. U otra cosa que aún no ha sido bautizada con un nombre propio. Elena, por otro lado, ha puesto a descansar su mal carácter de relieves salientes para adoptar modos mucho menos beligerantes. ¿Quién está usurpando una identidad que no es la original? ¿Quién es el verdadero dueño de esa casa ocupada? “Está esa idea del territorio que no es de nadie y se transforma en el protagonista de la película, usurpando el plano, para ponerlo en términos metafóricos. La idea de base de la película, que es algo que ya veníamos trabajando en el teatro, es cómo ese ámbito que el espectador va a ir conociendo se transforma en el motor de la historia, el lugar desde donde irán cayendo las ideas. Es un concepto previo al cine, la unidad de tiempo y de espacio, la unidad de escena. Y es eso a lo que me dedico, a escribir escenas, a pensar el espacio como otro personaje. El tercer protagonista, en este caso. Hasta que eso no está no puedo ver la película en su totalidad. La buñueleada de El ángel exterminador. Así como existe el Efecto Kuleshov también existe el Efecto El Ángel Exterminador”. El actor y la actriz principales de la película debieron seguir un camino similar a la hora de construir las criaturas de El motoarrebatador. Sergio Prina viene trabajando con el realizador desde sus primeras puestas teatrales, hace unos quince años –como la obra La verdadera historia de Antonio–, e interpretó a uno de los personajes secundarios de Los dueños. Para Toscano, se trata de un gran actor, el mejor actor argentino. “El montajista de la película, Pablo Barbieri, me dice que hallé a un verdadero actor de jazz y que eso no lo tienen todos los directores. ‘La mayoría trabaja con actores de rock o de blues’, me dice, ‘pero vos tenés uno que toca todas las notas todo el tiempo y nunca repite lo mismo en dos tomas’. Y eso sin fallar a la esencia de la situación”. Elena está encarnada por Liliana Juarez, una actriz también oriunda de Tucumán que ya había participado en Los dueños, como la casera de la casa de campo. De alguna manera, indirectamente, estos dos últimos personajes están relacionados, aunque detallarlo aquí daría a entender ciertas cosas que es mejor que la película revele por su cuenta.

El bullying mediático

Hay una cuestión sobre la cual le han preguntado a Toscano infinidad de veces. El rodaje de El motoarrebatador, hace poco menos de un año, tuvo sus cinco minutos de fama en los medios masivos por un hecho extra cinematográfico: durante un simulacro de saqueo, que forma parte de la historia, un hombre ingresó al local donde se estaba filmando y, creyendo que se trataba de una situación real, aprovechó para hacerse de una colcha, un calefón y una estufa, según consignaron los medios locales en aquel momento. “Ahora puedo hablar en frío. Lo peligroso fue el bullying mediático. Cualquier video tomado con un celular que no muestra realmente nada, donde se ve alguna sombra que se mueve rápido, puede transformarse en algo así como una prueba irrefutable. Casi todo lo que se dijo después del hecho fue falso. La verdad se conoció rápidamente y no tiene tanta gracia. Es verdad que el tipo entró al supermercado e hizo lo que hizo y fue detenido rápidamente. Pero en los medios salió cualquier cosa; no sólo acá, también en Chile, en Brasil. Se pasaron videos donde marcaban no a esa persona sino a un actor de la película. Nada que ver. En Tucumán, en 2013, hubo saqueos durante tres días, y eso quedó en la memoria. Antes de filmar esa escena suponíamos que más de una persona o grupo podía llegar a equivocarse y a creer que era real. Estábamos preparados para eso. Incluso la policía estaba rodeando el lugar mientras filmábamos. Al tipo no lo detuvieron por ese robo sino porque tenía antecedentes y un pedido de captura previo. Y es por esa razón que no lo soltaron, nada que ver con el ‘saqueo’. Fue un abuso exponer tanto al tipo. Por otro lado, no es la publicidad que la película necesitaba. El motoarrebatador es un cuento de hadas (o de ogros) que apela a otras cuestiones, no a la estigmatización o al odio o a la idea de venganza, sino todo lo contrario”.

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/116990-subete-a-mi-moto

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